Apóstoles de su gracia

Meditación de la Palabra · 1 de noviembre de 2026

Meditación de la Palabra del 1 de noviembre de 2026

domingo, 1 de noviembre de 2026

Una multitud que nadie podía contar

Todos los Santos (solemnidad)

Lecturas de la solemnidad de Todos los Santos: Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12.

«Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas». Así ve el apóstol san Juan a los que han llegado al cielo. La Iglesia celebra hoy a todos los santos: a los que están en los altares y a los que nadie conoce.

¿Quiénes son? «Los que vienen de la gran tribulación: han lavado sus túnicas en la sangre del Cordero». San Beda el Venerable explica que no habla solo de los mártires. La sangre de Jesús limpia a toda la Iglesia, y ante el trono están todos los que fueron fieles en la adversidad. Las túnicas blancas son el bautismo; las palmas, la victoria de la cruz.

Entre ellos estarán quizá nuestros abuelos, una madre que rezaba el Rosario cada noche, un vecino que nunca habló mal de nadie. Santos que nadie canonizó, pero que Dios conoce por su nombre.

San Juan nos dice también lo que ya somos: «Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos». Cuando Él se manifieste, «le veremos tal como es». Santo Tomás de Aquino enseña que en esa visión de Dios está la bienaventuranza del hombre. Para eso hemos sido creados.

San Agustín dice que toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Dios ensancha el alma con el deseo para poder llenarla. Pero antes hay que vaciarla: «Si Dios quiere llenarte de miel y estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?».

El camino lo traza Jesús en el monte: las bienaventuranzas, que son el retrato de Cristo y de sus santos. San Juan Crisóstomo observa que el Señor empieza por la raíz: arranca la soberbia y pone como cimiento la humildad. Y san Ambrosio advierte que la bienaventuranza empieza donde, a juicio del mundo, empieza la desdicha.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». San Agustín recuerda que a Dios no se le ve con los ojos del cuerpo, sino con el corazón. Por eso la santidad no es para unos pocos: es la vocación de todos los bautizados.

Hermanos, no nos conformemos con llamarnos cristianos. San Agustín pregunta de qué sirve el nombre si no somos lo que decimos. Confesemos nuestros pecados, vivamos en gracia de Dios y pidamos la intercesión de los santos.

Señor, Tú que nos llamas a la santidad, por la intercesión de todos los santos purifica nuestro corazón, para que un día te veamos tal como eres.

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