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San Frumencio: de cautivo a apóstol de Etiopía

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Un barco romano navega por el mar Rojo a comienzos del siglo cuarto. Se detiene en un puerto de la costa africana para cargar agua y víveres. Pero los habitantes de la región están en guerra con Roma, y caen sobre la tripulación. No dejan a nadie con vida, salvo a dos muchachos que estaban estudiando bajo un árbol. Uno de ellos se llama Frumencio. Sin saberlo, va a cambiar la historia de todo un pueblo.

Frumencio y su hermano Edesio eran cristianos, naturales de Tiro, la antigua ciudad fenicia, en el actual Líbano. Viajaban con un pariente suyo, el filósofo Meropio, que quería conocer las tierras lejanas del sur. El viaje terminó con su muerte, y los dos muchachos fueron llevados como cautivos a la corte del rey de Aksum, un reino poderoso en lo que hoy es Etiopía y Eritrea.

Conocemos esta historia gracias al historiador Rufino de Aquilea, y no de oídas: se la contó el propio Edesio, años después, en Tiro. Según su relato, el rey se fijó enseguida en los dos jóvenes. A Edesio lo hizo su copero. A Frumencio, que era el más despierto, le confió los documentos y las cuentas del reino.

Cuando el rey murió, dejó un heredero todavía niño. Antes de morir había concedido la libertad a los dos hermanos, pero la reina les pidió que se quedaran a ayudarla a gobernar hasta que el príncipe creciera. Y así, aquel muchacho que había llegado como esclavo se convirtió en uno de los hombres más influyentes del reino.

Frumencio no olvidó su fe. Buscó entre los comerciantes romanos que pasaban por Aksum a los que eran cristianos, les animó a reunirse para rezar, les ayudó a levantar lugares de oración y les dio todo lo que necesitaban. Poco a poco fue naciendo una pequeña comunidad cristiana en tierra extranjera.

Cuando el joven rey alcanzó la edad de gobernar, los dos hermanos devolvieron su cargo y quisieron volver a casa, aunque el rey y su madre les rogaban que se quedaran. Edesio regresó a Tiro, donde llegó a ser sacerdote. Pero Frumencio tomó otro camino. Fue a Alejandría, en Egipto, a ver al obispo Atanasio, el gran defensor de la fe del Concilio de Nicea, y le pidió que enviara un obispo a aquella tierra donde ya había cristianos y donde muchos más esperaban el Evangelio.

Atanasio lo escuchó con atención, reunió a sus sacerdotes y le dio una respuesta que Frumencio no esperaba: ¿quién mejor que él, que conocía el país, su lengua y a su gente, y en quien ya se veía la obra de Dios? Y lo consagró obispo allí mismo.

Frumencio volvió a Aksum como pastor. Según Rufino, Dios acompañó su predicación con muchos signos, y una gran multitud se convirtió. Entre ellos, todo indica que estaba el propio rey, Ezana, el mismo al que había ayudado a criar. En las monedas de Ezana, los antiguos símbolos paganos del sol y la luna fueron sustituidos por la cruz, y en sus inscripciones empezó a dar gracias al Señor del cielo.

Pero la prueba aún no había terminado. Hacia el año 356, el emperador Constancio, que apoyaba a los arrianos, los que negaban que Cristo fuera Dios igual que el Padre, escribió a los reyes de Aksum. Les pedía que enviaran a Frumencio a Alejandría para que lo examinara el obispo arriano que había ocupado el lugar de Atanasio. Conocemos esa carta porque el propio Atanasio la copió en uno de sus escritos. No consta que los reyes de Aksum lo entregaran, y Frumencio siguió al frente de su Iglesia, fiel a la fe de Nicea.

No sabemos con certeza cuándo ni cómo murió. Sí sabemos lo que dejó: el cristianismo de Etiopía, uno de los más antiguos del mundo, que sigue vivo diecisiete siglos después. Allí lo llaman Abba Salama, «padre de la paz», y también «el que reveló la luz». La Iglesia lo venera como el apóstol de Etiopía.

Frumencio llegó a Etiopía como un cautivo que lo había perdido todo. No eligió aquel camino, pero lo recorrió con fidelidad. Y Dios hizo de una tragedia el comienzo de la fe de todo un pueblo.

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