Apóstoles de su gracia

Meditación de la Palabra · 26 de octubre de 2026

Meditación de la Palabra del 26 de octubre de 2026

lunes, 26 de octubre de 2026

No es para tanto: el gran engaño

lunes de la XXX semana del tiempo ordinario

Lecturas del lunes de la XXX semana del tiempo ordinario: Efesios 4, 32 – 5, 8; Lucas 13, 10-17.

El apóstol san Pablo no se anda con rodeos. Ningún impuro ni ningún avaro, «que es una idolatría», tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Y por estas cosas viene la ira de Dios. Son palabras duras, y son Palabra de Dios.

Pero el apóstol añade una advertencia que nos toca de lleno: «Que nadie os engañe con palabras vanas». Santo Tomás de Aquino comenta que desde el principio los hombres han buscado razones para que estos pecados no parezcan pecados. Esas razones se oyen a diario: «No es para tanto», «todo el mundo lo hace», «Dios lo entiende».

No es nada nuevo. San Juan Crisóstomo ya se quejaba de quienes, al oír que el avaro es un idólatra, decían que era una exageración. Así, decía, se quita peso a todos los mandamientos. Y advertía que es obra del diablo hacernos despreciar lo que parece pequeño. Quien se fía de esas palabras vanas descubre el engaño cuando ya es tarde.

En el Evangelio, Jesús cura a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada y no podía mirar hacia arriba. El Evangelio no dice que estuviera así por sus pecados. Pero san Gregorio Magno ve en ella una imagen del alma que vive en el pecado: el corazón se encorva hacia las cosas de la tierra y ya no mira al cielo. El pecado hecho costumbre ata el alma: quiere levantarse, lo intenta, y vuelve a caer.

El jefe de la sinagoga muestra otro engaño. Cumple el sábado con todo rigor y se indigna por un milagro. Jesús lo llama hipócrita: por fuera, la ley; por dentro, un corazón torcido. También se puede ir a misa cada domingo y llevar el alma encorvada.

Pero Jesucristo ha venido a desatar lo que el pecado y sus consecuencias han atado. Llama a la mujer, le impone las manos, y ella se endereza y glorifica a Dios. Él sigue haciéndolo en la confesión. Hace falta, eso sí, llamar al pecado por su nombre y acudir a Él.

«En otro tiempo erais tinieblas; ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz». Hermanos, no nos dejemos engañar. Examinemos nuestra conciencia sin excusas. Confesémonos a menudo y huyamos de las ocasiones de pecado. Y vivamos como hijos de Dios, con la mirada puesta en el cielo.

Señor Jesús, desata las ataduras de nuestro pecado y endereza nuestro corazón, para que podamos mirar al cielo y glorificarte.

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