jueves, 22 de octubre de 2026
Cristo vino a traer fuego
san Juan Pablo II
Lecturas del jueves de la XXIX semana del tiempo ordinario: Efesios 3, 14-21; Lucas 12, 49-53.
Jesús pronuncia unas palabras que desconciertan: «He venido a echar fuego sobre la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?». Y añade: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os lo digo, sino división». El Jesús que nunca molesta a nadie no es el del Evangelio.
¿Qué fuego es ese? Es el fuego del Espíritu Santo, que bajó sobre los apóstoles en Pentecostés. Es el amor de Dios, que purifica y enciende el corazón. Pero antes Jesús tenía que pasar por otro bautismo, el de su Pasión. Del costado abierto de Cristo en la cruz brota ese fuego para el mundo.
El apóstol san Pablo pide ese mismo fuego para los efesios. Dobla las rodillas ante el Padre para que Cristo habite por la fe en sus corazones y para que conozcan su amor, que sobrepasa todo conocimiento. Donde habita Cristo, el corazón arde.
Y cuando ese fuego prende en un alma, todo lo demás tiene que ponerse en su sitio. Por eso divide. El Señor ya lo había advertido: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí». El cristiano no busca la división. La división llega cuando él decide poner a Dios en primer lugar: el joven que se confiesa y deja una relación de pecado, y sus amigos se burlan; el empleado que se niega a hacer algo injusto y queda señalado.
Pero el cristiano no responde con desprecio. Sigue amando a los suyos y reza por ellos. La paz que Cristo no ha venido a traer es la del mundo, la que se consigue callando la verdad. La suya es otra: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo».
Celebramos a san Juan Pablo II, el papa que comenzó su pontificado diciendo al mundo: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!». Así sea en nuestras vidas.
Hermanos, no seamos cristianos tibios, a los que la fe no les cambia nada. Pidamos al Espíritu Santo que encienda en nosotros el fuego de su amor. Recibamos la Eucaristía y confesémonos a menudo, para que ese fuego no se apague. Dios puede hacer mucho más de lo que pedimos o entendemos.
Que la Virgen María, que recibió el fuego del Espíritu Santo junto a los apóstoles en Pentecostés, encienda nuestro corazón en el amor de su Hijo.