domingo, 18 de octubre de 2026
Dad a Dios lo que es suyo
XXIX domingo del tiempo ordinario (DOMUND)
Lecturas del XXIX domingo del tiempo ordinario: Isaías 45, 1. 4-6; 1 Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21.
Dios llama por su nombre a un rey pagano. Ciro, rey de Persia, no conocía al Dios de Israel. Y, sin embargo, el Señor lo llama «mi ungido», lo toma de la mano y le da la victoria sobre reyes y naciones. Se sirve de él para devolver a su pueblo a casa después del destierro. Ciro pensaba que sus victorias eran obra suya. No lo eran. «Yo soy el Señor, y no hay otro». Los reyes de la tierra mandan, pero Dios reina sobre ellos.
San Pablo da gracias por los cristianos de Tesalónica, por su fe activa, su caridad esforzada y su esperanza constante. El Evangelio les llegó con palabras y con la fuerza del Espíritu Santo. Así sigue llegando hoy a muchos pueblos gracias a los misioneros, por quienes rezamos especialmente en este domingo del DOMUND.
En el Evangelio, los fariseos preparan una trampa. Se acercan a Jesús con halagos y le lanzan una pregunta envenenada: ¿es lícito pagar el tributo al César? Si dice que sí, el pueblo lo verá como amigo de los romanos. Si dice que no, lo acusarán de rebelde ante el gobernador. Parece que no hay salida.
Jesús ve su malicia. Pide una moneda y pregunta de quién es la imagen. «Del César». «Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Y la trampa se vuelve contra ellos.
Con esa respuesta, el Señor no pone al César a la altura de Dios. El César también está sometido a Dios. Lo enseñaba Isaías con Ciro, y Jesús se lo dirá a Pilato: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado de lo alto». San Pablo lo explica a los romanos: no hay autoridad que no venga de Dios, y quien gobierna es servidor de Dios para el bien. Por eso el cristiano cumple las leyes justas y paga sus impuestos.
Pero la moneda lleva la imagen del César, y nosotros llevamos la imagen de Dios. A Dios le debemos la vida entera, también la conciencia. Cuando una ley humana manda lo que Dios prohíbe, el gobernante traiciona su propia misión, y el cristiano responde como los apóstoles: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
También hoy se tienden trampas a los cristianos. Una pregunta malintencionada en el trabajo, una burla en una reunión, un comentario que busca ridiculizar la fe. Muchas veces nos ponen ante un falso dilema: o callamos lo que creemos, o quedamos como fanáticos. Hermanos, no tengamos miedo. Cristo no esquivó la pregunta ni perdió la calma. Pidamos al Espíritu Santo la sabiduría de responder como Él, con verdad y con serenidad. Esa sabiduría se alimenta en la oración diaria y en la Eucaristía.
Que la Virgen María, que entregó a Dios todo lo que era, nos enseñe a darle lo que es suyo: nuestro corazón entero.